Nuestra doble moral con la corrupción

Tío Política Básicaagosto 29, 2020980
corrupcion

¿Cuál es la relación entre políticos que reciben bolsas con kilos de dinero para aprobar reformas estructurales y los cientos de estudiantes que copiaron en el examen de admisión a la Universidad Autónoma de Baja California?

En que a nadie le interesa hacer las cosas siguiendo las reglas.

De manera muy simple, existen dos incentivos para seguir las reglas y leyes con las que vivimos: a) hay un poder que nos castiga si incumplimos las reglas, y b) la sociedad nos desprecia cuando incumplimos las reglas. En México, el problema de la corrupción es tan profundo porque al poder no le interesa hacer cumplir las reglas, pero también porque a la sociedad le parece relativamente tolerable la corrupción.

Los políticos y servidores públicos del país actúan de manera corrupta porque han diseñado un sistema que les permite hacerlo así, un poder que instrumentaliza de la corrupción. El cabildeo de iniciativas importantes en los legislativos suele acompañarse de maletas para comprar voluntades; las instituciones que deberían investigar actos de corrupción actúan de manera reactiva y frecuentemente con tintes políticos; mientras que la transparencia y rendición de cuentas es ajena al mexicano promedio debido a procesos complicados, respuestas redactadas en la oscura lengua del “habla gubernamental”.

Sin embargo, la sociedad mexicana sigue siendo muy tolerante de la corrupción. Aunque nos escandalicemos por la corrupción de alto nivel, los mexicanos somos cómplices del aparato corruptor en sus más pequeños engranajes. La pequeña mordidita al tránsito para evitar la multa por no traer cinturón, el hacer trampa para entrar a la universidad, pedirle al amigo en el ayuntamiento que haga paro con algún permiso, y otros mil y un pequeñitos brincos a la ley que justificamos diciendo que “no es pa’ tanto, total, cualquiera lo hace», nos daña a todos. La sociedad mexicana no desprecia a la corrupción porque además de convivir con ella, obtiene beneficios de cuando en cuando.

Nuestra relación con la corrupción es ambivalente. La odiamos cuando sentimos que alguien se excedió, pero le tenemos cariño cuando resuelve nuestros inconvenientes. Para acabar con el problema de corrupción tenemos que escandalizarnos de las cosas pequeñas que hacen girar a nuestro sistema podrido, y también tenemos que involucrarnos más.

Tenemos que verificar cómo se ejerce el gasto, cómo se aprueban las reformas en los legislativos, preguntar por las cosas que estén en la opacidad, y porque no, ofrecernos voluntarios para ser observadores ciudadanos en más y más procesos públicos, incluso hasta en exámenes de admisión universitarios.

Texto por Jorge Ruiz.

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