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Política y Deporte

Cuando el muro cayó, la trampa se descubrió

Hace algunos días, se conmemoró el treinta aniversario de la caída de un muro que durante 28 años fue uno de los mayores símbolos de la contraposición de dos ideologías en el mundo: El capitalismo y el comunismo.

Tras su rendición en la Segunda Guerra Mundial, Alemania quedó bajo la tutela de 4 países aliados: Estados Unidos, Francia, Reino Unido y la extinta URSS. El país, entonces, quedó dividido en mismo número de territorios, 4; en los que poco tardarían en imponerse las formas, ideas y doctrinas que cada régimen creía pertinente para el desarrollo de su sociedad. Así fue como unos años después surgiría, con fronteras y todo, por un lado la República Federal Alemana (RFA), A.K.A la Alemania Capitalista en la que comandaban E.E.U.U., Francia y Reino Unido; y, por otro lado, la República Democrática Alemana (RDA), A.K.A la Alemania Comunista en donde obviamente el régimen era impuesto por la URSS.

Para 1961 y tras observar que millones migraban de la RDA a la RFA (O del Este al Oeste, si así también lo quieren ver), el régimen comunista decidió extender decenas de kilómetros de alambres de púas para limitar el paso de un lado a otro, lo que a la postre se convertiría en 155 kilómetros de un verdadero muro de hormigón y bloques de concreto, torres de control, puntos de vigilancia y trampas que dividían a un país que se reponía de la guerra y que, para el mundo entero, suponía una de las mayores afrentas del comunismo hacia el capitalismo.

A partir de entonces, la lucha de ambos regímenes se intensificó para demostrar, incluso, qué sociedad era mejor. Una de las luchas más conocidas que, podríamos decir que sigue hasta nuestros días, es el de la llamada “Carrera Espacial”; pero no mucho se habla ahora de la lucha que se vivió en el deporte, pues ambas fueron utilizadas como métodos propagandísticos de cada una de los ideologías en el mundo para demostrar superioridad. Los juegos olímpicos habían servido antes para que Hitler mostrara al mundo una “Alemania amigable” y el fútbol a Italia como propaganda del fascismo en los tiempos de Mussolini, por nombrar algunos ejemplos. Por su parte, Estados Unidos siempre peleaba los primeros lugares, incluso hasta nuestros días, en los medalleros olímpicos para demostrar su poderío en el mundo.

La República Democrática Alemana, un naciente país de entonces 17 millones de habitantes, adoptó al deporte como una política de Estado e hizo que sus atletas se colocaran en la cúspide de mundiales de especialidad así como en las ediciones de los Juegos Olímpicos de verano e invierno que se celebraron de 1968 a 1988, con la excepción de Los Ángeles 1984 a los que no asistieron por boicot. Fueron más de 500 medallas las que lograron y una serie de récords mundiales en pruebas específicas que muchos consideran adelantados a sus tiempos y que, incluso en la actualidad, no han sido superados.

El trabajo de los alemanes comunistas en el deporte, en el que la Stasi (el servicio de inteligencia de la RDA) tenía gran injerencia, consistía en reclutar a niños desde temprana edad que tuvieran un potencial talento en pruebas, principalmente, de velocidad y fuerza, así como gimnasia. Los niños que eran reclutados, algunos desde los 7 años, eran aislados de sus familias y sometidos a entrenamientos extenuantes, dietas rigurosas y además a un férreo adoctrinamiento. No obstante, lo que a los ojos del mundo parecía un modelo de éxito en la formación de atletas de alto nivel, ocultaba una verdad que tras la caída del muro saldría a la luz: El dopaje.

Durante años, los científicos y farmacéuticos del régimen comunista buscaron la manera de dotar a sus atletas de alguna sustancia que les permitiera mejorar su rendimiento para hacerles competir al más alto nivel y la encontraron en el Oral-Turinabol, un esteroide a base de testosterona, una hormona masculina, que era dado por igual a niños que a jóvenes, a hombres que a mujeres. Fue así como durante por poco más de dos décadas, al menos a 10 mil atletas les fue suministrada la droga con el objetivo no de ganar, si no de demostrar supremacía en el mundo político y no tanto en el deportivo.

Son decenas de casos los que hoy conocemos de atletas a los que les fue necesario retirarse poco después de cumplir los 20 por las secuelas de una vida marcada por la prisión que suponía ser atleta en un país como la República Democrática de Alemania. Los maltratos físicos propios del entrenamiento, en nada se comparan a los estragos causados por el suministro de este componente de hormonas. Uno de los casos más conocidos es el de Heidi Krieger, una atleta que tras ser campeona del mundo en lanzamiento de peso, optó por cambiar de sexo a causa de los efectos que el Turinabol había hecho en ella al desaparecerle los senos, la aparición de vello facial, el ensanchamiento de su espalda, entre otros efectos que modificaron irreversiblemente su aspecto físico. El uso de esta sustancia provocaba la modificación de la estructura muscular y, en muchos casos, también los órganos genitales deformándolos principalmente.

Algunas atletas, ya retiradas, sufrieron de esterilidad y de abortos inadvertidos a causa de esta medicación que durante años les fue administrada en cantidades extraordinarias. Alguna vez, Erich Honecker, el último gran líder de la Alemania comunista dijo que “El milagro del que se habla en todo el mundo respecto a nuestros y nuestras deportistas se llama comunismo”.

Este fue el deporte de la trampa, el que también cayó cuando cayó el muro aquella noche del 9 de noviembre de 1989. Un deporte en que el único objetivo era ganar, a cualquier precio y sin ningún escrúpulo; sin que importara el atleta, solo la ideología. Por cierto, de 2011 a 2015, más de mil atletas rusos fueron parte de un sistémico dopaje que encubrió el gobierno de su país. ¿Coincidencia? No lo sé. Tal vez después hablemos de ello. Se las dejo en el aire. ¡Hasta pronto!

Texto escrito por David Hernández

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